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¿Cuál pasado para una buena democracia?

Relatos y memorias circulantes en la república de partidos,
en los foros académicos y en la sociedad civil sobre el pasado reciente

¿Podemos elegir un pasado entre otros posibles o el pasado es algo fijo e inmutable? Se dice que el futuro, en política y en democracia, es algo elegible y, por tanto, abierto o incierto, dependiente, en todo caso, de las opciones y decisiones adoptadas en el presente. El pasado, en cambio, no sería del orden de lo deseable o lo probable, sino que a lo sumo podría explicarse, comprenderse y juzgarse, pero no programarse o modificarse a voluntad.

Sea como fuere, las decisiones electivas del presente, dejando de lado la cuestión de sus condicionamientos y de su poder predictivo, implican una determinada lectura del pasado, por no decir, la disposición a asumir una herencia política, en lugar de otras. Es más, ¿no son acaso las enseñanzas del pasado, con su saga de recuerdos ejemplares y de sucesos aleccionadores, las que deben guiar el presente y el futuro de una buena democracia en una buena república? Puestas las cosas así, el pasado político, aun perteneciendo al reino de lo irreversible, sería, más bien, una encrucijada, o sea, el lugar a donde ir a buscar memorias y lecciones, en donde encontrar recuerdos perdurables y gestar olvidos. Dicho en otros términos, aunque las memorias políticas no puedan manipularse arbitrariamente o a voluntad, están llamadas, de una manera o de otra, a abrir distintas lecturas retrospectivas de los hechos del pasado, dejándolos en cierta forma inconclusos, conectándolos con distintas experiencias y vivencias, constituyendo distintos sentidos y vínculos recordatorios, informando diferentes nosotros históricamente articulados y renovables en el tiempo.

Nótese, además, que, del mismo modo que el lado impredecible o incierto del futuro puede controlarse, al menos en las repúblicas democráticas y hasta cierto punto, mediante promesas vinculantes, asociativas o recíprocamente formuladas, la irreversibilidad del pasado, al igual que las imputaciones públicas de autoría y responsabilidad política, tienen sus correctivos, sus dispensas por lo hecho o actuado, en la facultad de perdón, de reconciliación y olvido de los ciudadanos y sus agentes, cuyo uso público puede liberar a los actores de un pasado encadenante, permitiéndoles asumir nuevas identidades políticas. 

Por otra parte, toda opción política verdaderamente vinculante y merecedora de genuinas lealtades públicas encierra una narración o un relato en el que la razón y el tiempo se conjugan y se alimentan mutuamente. Al fin y al cabo, las repúblicas y las democracias son hijas del tiempo y de la historia, no sólo de las ideas o de una voluntad racional. De ahí que toda buena república democrática deba contar con relatos ilustrativos de sus antecedentes, tendientes a enunciar sus orígenes, a valorizar sus fundamentos históricos y las promesas que ellos encierran de un destino común. Claro está, no nos referimos a una narración única u oficial, llamada a multiplicar el eco de una sola voz o a reinar en soledad como una verdad excluyente. Tampoco aludimos a una exitosa construcción hegemónica, trabajosamente asentada en el plano cultural, educativo o simbólico. Se trata, más bien, de memorias e historias irremediablemente incompletas, revisables y mejorables, no bien existan las mínimas condiciones de un habla pública libre y plural, donde tengan cabida las más diversas voces testimoniales, junto a los más ponderados inventarios históricos.

Téngase en cuenta, asimismo, que el acceso racional al pasado político, al igual que la aceptación pública de sus legados, deben estar presididos de una reconstrucción certera de los hechos y de un juicio de valor, vale decir, de un doble dictamen público, de suyo abierto siempre a nuevas evidencias y a cambiantes sentencias públicas. Ahora bien, las reconstrucciones y los juicios públicos del pasado se hacen, para bien o para mal, desde un determinado lugar, desde alguna perspectiva práctica, desde algún régimen de preguntas, conforme a un punto de vista no del todo independiente de los hechos considerados. Lo cual no quiere decir que tengamos que atenernos a un parecer subjetivo o arbitrario sobre los acontecimientos pasados, a una decisión irremediablemente aleatoria o contingente. Antes bien, las reconstrucciones y enjuiciamientos públicos pueden validarse mediante criterios de veracidad y generalidad, teniendo en cuenta las conexiones racionales y evidentes entre discursos y hechos, considerando las generalizaciones legítimas de los enunciados particulares, dando cuenta, si se quiere, de las imbricaciones positivas entre la deliberación y el juicio de una parte y la deliberación y el juicio del colectivo ciudadano. Más aun, la probabilidad misma de disponer de un pasado político y de entendernos sobre él, depende de lo que se enuncie y se afirme en términos de veracidad y generalidad pues, de lo contrario, la subjetividad y la ficción más extremas anularían toda posibilidad de intersubjetividad y, quizás, de realidad.

Como quiera que sea, los sujetos democráticos, las corrientes de opinión, las voces más eruditas o autorizadas ofrecen distintas combinaciones de veracidad y generalidad. De ahí que las repúblicas democráticas deban acondicionar lugares o espacios públicos donde discutir estas cosas, donde confrontar distintas visiones retrospectivas del pasado −lejano o reciente− y su relación con el presente, donde las memorias y los testimonios públicos más directos o inmediatos se confronten con los estudios y registros más exhaustivos de los hechos. Incluso, tales inspecciones servirían para determinar el conjunto de alternativas al alcance de los actores en sus contextos de acción, por no decir sus responsabilidades, lo cual no sólo refiere, por cierto, a las justificaciones generales de sus creencias y sus conductas, sino también a sus modos de pensar por sí mismos ante cada circunstancia particular.

Y bien, ¿con cuáles relatos y narrativas públicas cuenta hoy la democracia uruguaya sobre su crisis última, sobre su recuperación, su perfeccionamiento, sus fallas y los riesgos que hoy la asechan? ¿Cuáles inventarios de hechos y responsabilidades contienen estos discursos? ¿Qué balances ofrecen y qué pronósticos habilitan? Dicho sumariamente, entre nosotros circulan, por un lado, diversas narrativas de partido, custodiadas por sus liderazgos y sus audiencias ciudadanas y, por otro, diversos relatos académicos, sometidos a sus propios cánones de racionalidad y objetividad, por no hablar de las memorias cultivadas desde la sociedad civil, desde asociaciones motivadas por diversos fines, informadas por vivencias y experiencias específicas, dotadas, quizás, de menor capacidad de interpelación pública que las primeras, dada la cultura partidocéntrica de la política nacional.

Tales perspectivas difieren más por su intencionalidad que por su potencial cognitivo. Unas y otras asumen distintos compromisos y responsabilidades con la verdad o la autenticidad de sus discursos, acudiendo a diferentes normas de validación de sus lenguajes públicos, contribuyendo a construir distintos sentidos políticos, vivenciales u objetivantes. Así, las narrativas de partido contienen una racionalidad de juez y parte, tendiente a disputar supremacías políticas en función de sus recortes comprometidos de la realidad, litigando autorías y responsabilidades políticas, auto-reivindicando sus épicas y sus méritos cívicos, imputándose mutuamente faltas y perjuicios generales. A su vez, los relatos académicos buscan transitar por el terreno de las observaciones o reconstrucciones sistemáticas de los hechos, hurgando en los datos y en lo efectivamente ocurrido, procurando contemplar todos los testimonios y evidencias pertinentes, sin que falten, por cierto, los desacuerdos sobre la mejor forma de interactuar con la realidad, de inventariar las situaciones relevantes, de justificar, en última instancia, una determinada selección, construcción o contabilidad de los hechos. Incluso, los enfoques académicos introducen, en algunos casos, razonamientos contrafácticos (“que hubiese ocurrido si…”), lo cual, además de sonar nostálgico o melancólico a los oídos de los políticos de profesión, constituye una compleja manera de experimentar en el laboratorio explicativo e interpretativo de la historia.

Así las cosas, dos órdenes de preguntas asoman en el horizonte de una indagación sistemática sobre nuestro pasado reciente, sobre nuestras actuales memorias públicas y nuestros más autorizados discursos de pretensión veritativa. Del lado político: ¿cómo han evolucionando las narrativas de los partidos políticos sobre el pasado previo y posterior a la crisis de la democracia? ¿Cuáles, de estas narrativas, han quedado marginadas y cuáles han venido ocupando el centro de la escena? ¿Qué inventario de situaciones y de sucesos promueven unas y otras? ¿Qué parcelas de veracidad y generalidad pretenden ocupar? ¿Cómo conectan sus discursos actuales con su pasado y con las más profundas tradiciones cívicas del país? ¿Cuáles olvidos preconizan y qué promesas de futuro encierran? Y del lado de la investigación especializada: ¿cuál ha sido la trama de relatos académicos sobre los itinerarios y logros cercanos de la democracia uruguaya? ¿Qué discrepancias existen en el campo de la ciencia política y la historiografía recientes? ¿Qué niveles de estima y de autoestima democrática preconizan los discursos expertos o eruditos, teniendo en cuenta no sólo la dimensión integradora de las decisiones democráticas, sino también su potencial de reforma y de solución de asuntos sustantivos?

Sin duda, la crisis democrática, la resistencia a la dictadura y su salida transicional conforman algunos momentos cruciales del más reciente pasado político nacional. Ellos ofrecen, además de una carga dramática de traumatismos vivenciales y políticos, múltiples ocasiones para la reflexión y el aprendizaje colectivo. Incluso, las justificaciones del accionar de cada parte en tales momentos, así como la imputación de autorías y responsabilidades políticas, dependen de los relatos y las crónicas que se adopten de dichos ciclos históricos. Pero además, otras cosas importantes pasaron desde la vuelta a la democracia: la ley de caducidad, una serie de plebiscitos relevantes, el Mercosur, la reforma constitucional de 1996, la crisis económica del 2002, la alternancia de gobiernos de coalición y el estreno gubernativo de la izquierda, con sus respectivas agendas de reforma, de continuidad e innovación.

En todo caso, el empeño por juzgar cómo han sido estas cosas y sus implicancias políticas, requiere, de una parte, la escucha atenta de las narraciones políticas de mayor peso en la opinión pública, y de aquellas menos favorecidas por la doxa ciudadana, con la mira puesta en cotejar y decantar sus respectivas dosis de veracidad y generalidad, y de otra, la consulta abierta a los relatos especializados y multidisciplinarios, sensibles a distintas vías de justificación de sus pretensiones veritativas. En ambos casos, la cuestión es contrastar diagnósticos, explicaciones y valoraciones públicas, mediante el sano ejercicio republicano de la deliberación y el juicio común, dirigido a iluminar legítimas diferencias y genuinos consensos públicos.

En consecuencia, el Observatorio Republicano se propone impulsar un debate abierto y plural entre algunos exponentes de diversos relatos públicos sobre el pasado reciente, más concretamente, sobre la crisis, la recuperación, los avances y las falencias de la democracia uruguaya, habilitando una serie de encuentros en los que las voces partidarias, académicas y de la sociedad civil puedan comunicar e intercambiar, con amplitud y profundidad, sus diversos enfoques y balances. Y que puedan hacerlo, sin pagar un excesivo tributo a los cálculos estratégicos de la política militante, sin tener que resignarse ante los muros epistémicos impuestos por las especializaciones disciplinarias, ni caer tampoco en la ciega homologación de hegemonismos discursivos, acaso más dependientes de contingentes posiciones de poder, que de algún entramado cultural o simbólico. El diálogo franco acerca de estas cuestiones constituye, sin duda, el mejor modo de fortalecer el juicio ciudadano sobre desempeños y responsabilidades políticas, siendo también la mejor vía de recrear relatos genuinamente veraces y vinculantes, de administrar, en fin, con autoridad política y moral, las herencias que los ciudadanos reciben, quiéranlo o no, del pasado.


Observatorio Republicano





Preguntas para la reflexión y el debate

¿Queda algo importante por decir en el terreno de los diagnósticos históricos o de los juicios públicos sobre la crisis política anterior a la dictadura?

¿Qué enseñanzas dejó la dictadura y la recuperación de la democracia?

Si nos preguntamos ¿cuál pasado para una buena democracia? ¿qué hechos del pasado podrían ponerse en un repertorio común, indiscutible?; ¿cuáles hechos son
aún materia de legitima discusión o requieren un mayor discernimiento?

¿Qué balances de logros y morosidades pueden hacerse en el plano de las capacidades institucionales y las agendas gubernativas de la política uruguaya?