Relatoría de la Primera Mesa de Reflexión y Debate
¿Cuál pasado para una buena democracia?
Relatos y memorias circulantes en la república de partidos, en los foros académicos y en la sociedad civil sobre el pasado reciente”
El 27 de octubre pasado se realizó en la Sala de Conferencias de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de la República la primera Mesa de Reflexión y Debate del Observatorio Republicano. Bajo la convocatoria “¿Cuál pasado para una buena democracia? Relatos y memorias circulantes en la república de partidos, en los foros académicos y en la sociedad civil sobre el pasado reciente”, se congregaron durante la jornada diversos panelistas: Carlos Demassi, Jorge Lanzaro, Romeo Pérez y Álvaro Rico como exponentes académicos; Graciela Sapriza en la mesa de la sociedad civil, a la cual no asistieron otros expositores invitados; y Francisco Gallinal, Heber Gatto, Ope Pasquet y Lucía Topolansky por cada uno de los cuatro partidos políticos con representación parlamentaria.
Se formularon a los invitados las siguientes preguntas para orientar su exposición y sus debates:
¿Queda algo importante por decir en el terreno de los diagnósticos históricos o de los juicios públicos sobre la crisis política anterior a la dictadura?
¿Qué enseñanzas dejó la dictadura y la recuperación de la democracia?
Si nos preguntamos ¿cuál pasado para una buena democracia? ¿qué hechos del pasado podrían ponerse en un repertorio común, indiscutible?; ¿cuáles hechos son aún materia de legitima discusión o requieren un mayor discernimiento?
¿Qué balances de logros y morosidades pueden hacerse en el plano de las capacidades institucionales y las agendas gubernativas de la política uruguaya?
Carlos Demassi disertó en torno a la pregunta: ¿en qué medida la democracia que discutimos hoy deriva de nuestro pasado reciente? ¿Qué efectos tuvo la transición? En este sentido, recorrió las diferentes versiones de la democracia que distintos ámbitos periodísticos contribuyeron a generar, desde la democracia como anticomunismo (El País), la dictadura como etapa de la democracia (Búsqueda), y la democracia como pluralismo (El Día). Ésta última habría sido según el académico la versión triunfante, con su exaltación de la periodicidad y el respeto a los resultados del acto eleccionario. La transición democrática desemboca así en una democracia de pactos entre tres partidos, de colaboración gobierno-oposición, enfatizándose el carácter equilibrado del sistema de gobierno uruguayo.
Jorge Lanzaro se refirió a las “ventajas comparativas” de la democracia uruguaya, esencialmente vinculadas a su temprana matriz de partidos, fuertemente pluralista. Señala que en los ‘60s se rompe el “sentido común laudatorio al estilo “como el Uruguay no hay””. Durante la transición democrática, los partidos intentan retomar la centralidad perdida frente al gobierno y a otros actores sociales, y aparece el tercero -el Frente Amplio- no ya como antitético al sistema de partidos, sino como partido desafiante. Aunque luego de la dictadura persiste la integración de un tercero como rasgo carcaterístico del sistema de partidos uruguayo, se encuentran ausentes sus rasgos consociativos y pluralistas, propios del bipartidismo. Como logros de la transición, Lanzaro señala la lógica gradualista del reformismo uruguayo y la competitividad del sistema electoral. Como morosidad, el empalme de la seguridad ciudadana con el combate a la pobreza -ambos los cuales requieren estatalidad-; la reforma de la educación; la reforma del Estado, con una relectura del pasado, que supone asumir que la reforma ya comenzó en el ’85 “por manchas”.
Romeo Pérez afirma que en el terreno de la crisis de la democracia previa a la dictadura, “está todo por decir”, ya que las visiones desarrolladas -tanto las académicas, como las políticas-, son fragmentarias, incompatibles, “perspectivistas”. Si bien los hechos que condujeron a la crisis democrática son todavía objeto de discusión, “no hablamos de porqué perdimos la democracia”. Como enseñanzas de la restauración democrática, señala la fuerte afirmación del régimen democrático, visible por ejemplo en la univocidad del vocablo democracia, empleado sin adjetivaciones, y la validación de los partidos como mediadores necesarios de las poliarquías, no sólo en su fase de representación sino también de gobierno Sin embargo, sostiene que “validamos la democracia y no somos demasiado ilustrados, ricos en ella” y que “nuestra democracia no es tan competente como lo fue en el pasado”. En cuanto a los logros de la transición, destaca la capacidad del gobierno uruguayo de emprender reformas profundas, el avance en la reforma del Estado, y las capacidades gubernativas de los partidos cuando logran negociar consensos. En cuanto a las morosidades, es grande la “deuda con las reformas de la educación secundaria estatal metropolitana en particular”. “¿Cuál pasado para una buena democracia: el de los partidos obteniendo un triunfo pleibiscitario”. En este sentido, el pleibiscito constitucional de 1980 constituye una “hazaña sin análogos en política comparada”, que conforma un patrimonio común.
Álvaro Rico afirma que aún queda por estudiar la crisis misma de la democracia y el Estado de Derecho, es decir, “volver a la pregunta clásica de la ciencia política: cómo degeneran las democracias?” y cómo las lógicas del Estado -de soberanía, orden y monopolio-, que no necesariamente son las de la legalidad, se separan de las lógicas de la democracia y el pluralismo. “¿Cómo en el Uruguay se impone la coerción? Esto es lo que hay que explicar”. Respecto a las enseñanzas que deja el período, se refiere a que las dictaduras perduran más allá de su existencia como regímenes políticos: “el para qué dura más que el porqué, y tal vez es el porqué”. Así, la dictadura no sólo marca lo político-sistémico, sino que reconfigura las relaciones sociales e interpersonales, teniendo efectos co-constitutivos en la democracia posterior, globalizada, posmoderna. Por otra parte, Rico afirma que la transición fue a buscar su relato a los ‘50s, a la excepcionalidad del Uruguay; en este sentido, cabe preguntarse qué mecanismos de consenso y de hegemonía operan para la reinstalación de la idea de una sociedad amortiguadora. Por último, Rico se pregunta desde qué lugar se mira la democracia pós-dictadura. Algunos, como Jorge Lanzaro y Adolfo Garcé desde el Instituto de Ciencia Política, miran la democracia del ‘85 desde el ’73; en este sentido, existe un consenso en torno a la exaltación de ciertos aspectos de la democracia -revitalización de la negociación, partidos-, en detrimento de una reflexión crítica sobre la dictadura que es configuradora de esta democracia. Al respecto, Rico sostiene que “no nos hace bien un pasado estereotipado”, “instrumentalizado por la política”.
Graciela Sapriza parte del desafío que supone estudiar el pasado reciente de las mujeres, ya que esto “es estudiarse a una misma”. Respecto a la salida democrática, recuerda que a pesar de la activa participación de los movimientos de mujeres en la salida democrática, con reconocimiento en el discurso político, ello no se refleja en la representación parlamentaria femenina en la inmediata pós-dictadura -nula-. Asimismo, se plantea la “dificultad de aparecer en la historia, en los documentos, en los registros”. En este sentido, menciona la existencia de ciclos de memoria: del ’85 al ’89, por ejemplo, salen a la luz testimonios del horror, posteriormente llamado terrorismo de Estado. Estos relatos encerraban valores viriles, varoniles, y se enfocaban en que todos fuimos de algún modo opositores o resistentes de las dictaduras. En estas narrativas destacaba la ausencia de otros actores que fueron invisibilizados. En el ’89, la memoria de la dictadura pierde peso en la agenda pública. Los ’90s traen la conmemoración del 20 de mayo, fecha en la que se recuerdan los asesinatos de Michelini y Gutiérrez Ruiz, y la discusión en torno a los derechos humanos en Argentina. Se produce entonces la autoconvocatoria de las ex presas políticas, que se transforma en una convocatoria pública a testimonios femeninos en general: “Vos tenés que contarlo porque a vos también te pasó”, dirigido específicamente a las mujeres, lo cual dio lugar a la publicación de más de trescientos testimonios en “Memorias para armar”(‘96-‘98), con mucho éxito, “palimpsesto que convoca a una reescritura abierta”. Por último, Sapriza destaca la relevancia del trabajo realizado con la segunda generación de afectados por el terrorismo de Estado, que han sido invisibilizados, y en este sentido, “apuntan a aparecer no victimizándose, sino a través de la desestigmatización”.
Según Francisco Gallinal, senador del Partido Nacional, aunque el concepto de democracia no es el mismo en todos los tiempos, éste desempeña un papel esencial en la cultura política uruguaya. “La democracia no puede ser más que representativa, no podemos volver al ágora; pero la gente está reclamando formas de participación”, ya que no se siente identificada con sus representantes. Por otra parte, respecto a la transición democrática, sostiene que “el camino que veníamos recorriendo era el de expulsar a la dictadura, pero finalmente se prefiere recorrer el camino de la negociación, el Pacto del Club Naval”. Asimismo, recuerda que “se frustraron muchas expectativas porque el Uruguay no iba a mejorar de la noche a la mañana porque el 1º de marzo de 1985 tuviera un gobierno democrático”.
El integrante del Partido Independiente Hebert Gatto destaca la “lenta pero segura marcha hacia la consolidación de la democracia” que atravesó el Uruguay, la cual está “firmemente asentada en el sentir de todos los uruguayos”: actualmente “no tenemos grupos antisistémicos” -a diferencia de los ‘60s-, ni “una derecha antidemocrática”. Recuerda que la dictadura llegó a tener alta aprobación popular. Señala que la democracia está también relacionada con el discurso liberal de los derechos, con la idea de que cada ciudadano debe poder perseguir su felicidad. En este sentido, el republicanismo es “el recuerdo que se le hace a los regímenes individualistas (….) de la solidaridad”. “El republicanismo -en este mundo posmoderno- exige un gran sacrificio de los ciudadanos, en aras del bien común”. Por otro lado, menciona que el capitalismo no ha fracasado, el socialismo sí. En este sentido, “lo que funciona es el capitalismo”.
El senador colorado Ope Pasquet comienza sosteniendo que “la interpretación histórica está siempre abierta”. Señala que el civismo es un “término que ha caído en desuso completamente”. Sin embargo, es necesario tener acuerdos básicos por encima de las diferencias. Los acuerdos posibles son sobre cuestiones procesales, en términos de apego a reglas formales (Constitución, instituciones del Estado de Derecho). Por otra parte, retoma la relevancia del papel del periodismo para la democracia: “Es el hombre común, protagonista de la democracia, el que la salva. ¿Qué aportes le estamos dando a ese hombre común? ¿Qué hace el periodismo?” En cuanto a las morosidades de la restauración democrática, especifica la necesidad de mejorar el Parlamento y la administración de justicia -en particular la justicia penal- cuyo funcionamiento arrastra vicios de antaño. Por último, respecto a la relación entre los partidos y la democracia, destaca que “puede haber partidos sin democracia, pero no democracia sin partidos”.
Lucía Topolansky, senadora por el Frente Amplio, señala y agrega: “no soy de los que viven desde la revancha, tampoco soy inmune, no hay vacuna contra nada esta vida…” Sin embargo, “toda la sociedad uruguaya tiene el mérito de que alguien que estuvo en la vía armada hoy esté en la Presidencia”. Respecto a la transición, califica la salida uruguaya como “tranquila, civilizada, predecible”. Como otros oradores, Topolansky atribuye gran relevancia a los partidos -que son el reflejo de que “las sociedades cada vez trabajan más en equipo”- en particular en el debate público. Éste último, no obstante, está atravesado de un exceso de ideologización. “Yo integro un movimiento, el MPP, y antes el MLN, no tengo la ortodoxia de aquellos que participan en un partido con todo definido de la a a la z. Tengo la cabeza más libre”. Respecto al sistema institucional uruguayo, sostiene la necesidad de “ajustar los términos de la Carta (constitucional) al siglo XXI”, y reconoce el valor de los sistemas parlamentarios “porque es la única forma de que todos los partidos puedan participar con posibilidad de incidir”. Como varios de los invitados, recuerda que “Uruguay tuvo una prensa enjundiosa (…) donde se polemizaban temas de fondo. Eso se ha perdido, ha habido un desinterés”. Respecto a las morosidades, señala que la dictadura dejó “agujeros culturales”, los cuales no se han podido superar, por ejemplo en la educación. Por otra parte, señala: “a mí la palabra republicano… me gusta”. Relaciona el concepto con la idea de igualdad que aparece en la Constitución. Aunque aboga por la participación, y enfatiza la necesidad de educar para participar, “a la discusión hay que ponerle un plazo, un cúmplase”. Según Topolansky, “los dos sistemas (capitalista y socialista) han fracasado, en que no lograron la humana y pública felicidad. El socialismo fracasó en la burocracia, en la productividad y el reparto: y el capitalismo tiene productividad pero fracasa en el reparto”. Y señala: “Si no fracasaron (los dos paradigmas, capitalista y socialista) ¿para qué voy a construir algo nuevo?”